La semana siguiente transcurrió entre el ritmo implacable del trabajo y una extraña sensación de calma que parecía envolver la oficina.
Para la mayoría, todo seguía igual: informes, reuniones, cafés apresurados. Pero para Rocío y Edrián, esa calma era un refugio.
Después de meses de tensiones y silencios forzados, se habían reencontrado en un punto de equilibrio. No necesitaban grandes gestos ni palabras prohibidas: bastaba con una mirada compartida, una conversación robada entre pasillos, o la complicidad silenciosa de quienes se entienden sin decir nada.
Aquella mañana, el edificio recibió una visita inesperada: el padre de Edrián.
Su presencia siempre imponía respeto; era un hombre de porte firme, mirada bondadosa y un tono de voz que mezclaba sabiduría y autoridad.
Rocío fue la primera en recibirlo, cuando él llegó acompañado por la asistente de dirección.
—Señor Mastronar