La semana transcurrió entre reuniones, informes y silencios que decían más que cualquier palabra.
Rocío mantenía su rutina con la misma disciplina de siempre, pero Álex —que la conocía demasiado— notaba la sombra en su mirada cada vez que el nombre de Edrián aparecía en alguna conversación.
Aquel viernes por la tarde, mientras revisaban la última presentación del proyecto conjunto, Álex dejó los documentos sobre la mesa y la observó en silencio.
—Sabes, Rocío… hay cosas que ni el mejor contrato puede resolver.
Ella levantó la vista, sin entender.
—¿A qué te refieres?
—A ti. —Sonrió con suavidad—. Y a eso que intentas ocultar desde que llegué.
Rocío intentó desviar la conversación.
—No empieces, Álex.
—Demasiado tarde —respondió él—. Te conozco, y sé cuándo mientes. No es a mí a quien quieres convencer, si