La noche cayó suave sobre la costa.
El murmullo del mar se mezclaba con la música tenue que salía del pequeño restaurante donde Rocío y Edrián compartían una mesa frente a las olas. No habían dicho mucho desde que él llegó, pero la presencia del otro bastaba. Era como si el mundo, por un instante, se hubiera detenido para ellos.
Rocío sostenía la copa de vino con los dedos temblorosos.
—No deberías estar aquí, Edrián.
—Lo sé —respondió él, con la voz baja—. Pero si no venía, me pasaría el resto de mi vida arrepintiéndome.
Ella sonrió apenas, sin ironía.
—Siempre tan dramático.
—Siempre tan tú —replicó él, inclinándose un poco hacia ella—. Firme, valiente… pero con los ojos llenos de miedo.
El comentario la desarmó. Apartó la mirada y respiró hondo antes de hablar.
—Tú no sabes lo que es vivir con miedo, Edrián.
—¿No? —preguntó, dolido—. Vivo con él todos los