El silencio que siguió al beso fue distinto. No era incómodo ni hostil, sino denso, vibrante, cargado de todo lo que no se habían dicho.
El aire frío del lago seguía rodeándolos, pero el calor del contacto permanecía suspendido entre ambos, como un hilo invisible que ninguno se atrevía a romper.
El roce de sus labios seguía allí, palpitando en el aire, como si el tiempo se hubiera detenido para recordarles lo que siempre fueron.
Noah mantenía la frente apoyada contra la de ella, respirando con