—Valeria… ¿qué haces aquí? —su voz titubeó, con un nerviosismo que desmentía la rigidez de su postura.
Ella lo observó en silencio unos segundos. No parpadeaba, apenas una media sonrisa amarga se dibujaba en sus labios.
Por dentro, sabía que también había fallado, pero lo que la atravesaba no era culpa, ni tristeza, sino una especie de vacío helado, como si su cuerpo hubiese decidido apagarle los sentimientos para que pudiera sostenerse en pie.
—Escuchaba. Ya sabes, los pasillos tienen muy bue