El galope retumbaba en las dunas como un tambor de guerra. Santiago se deslizaba cada vez más en la silla, los brazos colgando como si fueran de trapo. Marina gritaba desesperada, intentando sujetarlo, pero era imposible mantener el equilibrio a esa velocidad.
—¡Luca! —clamó Eva, con la voz rota.
Él lanzó una maldición y levantó la mano.
—¡Alto! ¡Nos detendremos aquí!
Los caballos se frenaron en seco, levantando una nube de arena. Eva bajó de un salto, casi cayendo de rodillas. Corrió hacia Mar