El rugido de los motores retumbaba en el horizonte, rompiendo la calma frágil de la cueva. Eva se levantó de golpe, aún con la manta resbalando de sus hombros. Sus manos temblaban al apretar la carpeta contra el pecho.
—Nos encontraron otra vez —murmuró, con la voz ahogada.
Mateo, que vigilaba la entrada, se giró con el ceño fruncido.
—No vienen despacio. Avanzan con todo.
Marina despertó de golpe, abrazando a Santiago. El joven deliraba, su piel ardía de fiebre.
—No podemos seguir corriendo as