La noche cayó sobre el desierto como un manto absoluto. No había luna, y las estrellas, aunque incontables, apenas iluminaban el horizonte. Cada paso era incierto, cada sombra podía ser un enemigo.
Eva caminaba con la carpeta contra el pecho, los dedos entumecidos por el frío que ahora reemplazaba al calor sofocante del día. Marina se apoyaba en su brazo, exhausta. Santiago cojeaba detrás, con la venda empapada en sangre. Luca cerraba la marcha, el rifle siempre listo, los ojos recorriendo la o