El amanecer sobre el desierto no trajo calma, sino un cansancio insoportable. El aire aún olía a humo y pólvora, recuerdo de la explosión que había destrozado el campamento del Comandante. Eva caminaba con la mochila pegada al pecho, el corazón latiendo como un tambor.
Luca avanzaba a su lado, siempre alerta, la pistola en la mano. Marina tropezaba a cada paso, con los ojos hinchados de tanto llorar. Santiago cerraba la marcha, silencioso, su mirada fija en el horizonte como si midiera cada met