CAPITULO 32

La noche cayó sobre el campamento con un silencio extraño, apenas roto por el crepitar de fogatas y el murmullo de radios encubiertos. El desierto, bajo las estrellas, parecía un lugar ajeno al mundo, como si todo lo que ocurría allí no existiera en ningún mapa oficial.

Eva no podía apartar la vista de la carpeta, ahora en su regazo. Cada vez que los ojos del Comandante se posaban sobre ella, sentía como si una serpiente aguardara el momento exacto para atacar.

Marina estaba sentada a su lado,
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