El aire en el túnel era sofocante. La oscuridad parecía cerrarse sobre ellos con cada paso. Las voces se hacían más claras: hombres conversando, el eco metálico de armas que chocaban, y un olor inconfundible a gasolina y sudor.
Luca se agachó, dejando a Marina apoyada contra la pared. Sus ojos la recorrieron con preocupación: estaba pálida, pero aún respiraba. Luego miró a Eva.
—Quédate con ella. Voy a ver qué hay adelante.
—No —susurró Eva, con el corazón acelerado—. No vayas solo.
Santiago ya