El sonido de los disparos aún retumbaba cuando Luca se lanzó hacia la ventana rota, arrastrando a Eva con él hasta ponerse a cubierto detrás del sofá. El corazón de ella latía desbocado, pero su mente se mantenía sorprendentemente clara. Estaban bajo ataque, y cada segundo contaba.
—Quédate aquí —ordenó Luca, sacando la pistola de su cinturón.
—¡Ni lo sueñes! —replicó Eva, asomándose lo justo para ver la oscuridad afuera. Un par de luces de faros se apagaban a lo lejos; el atacante había dispar