El amanecer trajo consigo una calma engañosa. Desde la ventana de su habitación, Eva observaba los prados teñidos de dorado por la luz del sol. El rancho despertaba poco a poco: los vaqueros ya estaban ensillando caballos, los perros ladraban ansiosos y el sonido metálico de las herramientas en el establo llegaba hasta la casa. Parecía un día normal, pero Eva sabía que nada en su vida era normal ya.
Sobre el escritorio de su cuarto tenía desplegadas las fotos que había tomado en el pueblo: los