El rancho había quedado en un silencio extraño, como si después de los disparos la tierra misma contuviera el aliento. Durante la mañana, los vaqueros hicieron lo posible por seguir con su rutina: alimentar caballos, revisar cercas, ensillar monturas. Pero Eva podía sentir la tensión flotando en el aire, invisible y densa, como una tormenta que aún no estallaba.
Luca no se había separado de ella desde la noche anterior. Caminaba con el ceño fruncido, la pistola siempre cerca, atento a cualquier