Me puse de pie con dificultad, con una mano en la cadera. Caminé hacia la sala.
Y ahí estaba.
Natasha.
Vestía de negro, como siempre. Lentes oscuros en el escote, labios rojo vino, perfume embriagador. Una aparición elegante, ensayada.
—Hola, Aleksander —dijo con voz dulce. Después, me vio a mí—. Hemy.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Aleksander, cortante.
—No es una escena de celos, si eso pensaban —dijo, alzando las manos con gracia teatral—. Solo quiero hablar.
—No tienes nada que hablar aquí —re