VEINTISEIS

Despertamos con la luz del amanecer filtrándose por las cortinas. El silencio de la casa ahora era distinto, como si se hubiera purificado. Me sentía liviana, serena, abrazada al pecho cálido de Aleksander. Dormía profundamente, su brazo rodeando mi cintura como si, incluso inconsciente, supiera que no quería soltarme.

Sonreí, me permití acariciar su mandíbula y observar cada línea de su rostro. Era hermoso, sí, pero no era eso lo que más me cautivaba de él. Era su forma de mirarme como si yo f
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