VEINTIUNO

Ya con las cosas listas, me despedí de mi madre con los ojos llenos de lágrimas.

—Te llamo desde el hospital en cuanto podamos —le prometí.

—No importa si tardas. Solo recuerda: tú puedes. Tu cuerpo sabe cómo hacerlo. Tu bebé confía en ti. Y yo también.

—Te amo, mamá.

—Y yo a ti, más de lo que puedes imaginar.

Corté la llamada con las manos temblorosas. Aleksander me ayudó a abrochar el abrigo. Me miró a los ojos.

—¿Lista?

—No.

—¿Vamos igual?

—Vamos.

Me besó con ternura. Largo. Como si ese beso
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