La luz suave del amanecer acariciaba la habitación. Un viento leve movía las cortinas, y en ese silencio lleno de paz, solo se escuchaban los sonidos delicados de la succión constante de Aaron, alimentándose en mi pecho.
Él estaba cálido, acurrucado contra mí como un pequeño koala, con una mano regordeta apoyada sobre mi piel, como si no quisiera que me moviera nunca más. Yo lo observaba con ternura, sintiendo el amor en forma líquida, ese que parecía brotar de mí en todos los sentidos.
Tenía l