Aaron lloró desde la cuna, como si sintiera la energía que se había instalado en la habitación.
Fui hacia él y lo tomé en brazos, intentando que mi rabia no se filtrara por la piel. Lo acuné con fuerza, casi como si él pudiera contenerme a mí.
—No está bien… —murmuré—. Esto no está bien, Aaron. Algo está cambiando. Y no sé si tengo la fuerza para detenerlo.
Las lágrimas bajaron sin aviso. No era solo dolor. Era la traición silenciosa.
No necesitaba verlo besándola para saber que algo entre ello