La casa estaba en silencio. Por primera vez en todo el día.
Aaron dormía plácidamente en mi pecho, con su boquita apenas abierta y la respiración acompasada como un susurro de mar. El comedor estaba desordenado, el sofá lleno de pañales arrugados y gasas, pero yo solo veía ese cuerpecito tibio, anclado al mío como si aún fuésemos uno.
Estábamos sentados en la mecedora junto a la ventana. Afuera, la tarde caía con una luz dorada que se colaba por las cortinas. Aleksander había salido un momento