Daryl volvió a atraer a Lilian contra su pecho, con fuerza, como si temiera que, al soltarla aunque fuera un segundo, ella pudiera desvanecerse de su lado. Sus brazos firmes temblaban; su ancho torso subía y bajaba con respiraciones desordenadas. Bajó el rostro, luchando por contener aquello que pugnaba con fuerza desde dentro: lágrimas de emoción que casi se derramaban.
—Yo… aún no lo creo —su voz sonó ronca, tan sincera, tan frágil detrás de su firmeza.
Lilian, envuelta en aquel abrazo, pod