Durante todo el día, Lilian sintió que algo extraño sucedía. Por la mañana aún esperaba que Daryl apareciera, como de costumbre, para recogerla o al menos enviarle un mensaje breve. Pero hasta la tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse, su teléfono seguía en silencio.
Miraba la pantalla vacía: solo notificaciones del grupo de padres del jardín infantil de Gabriel y algunos anuncios. Ningún mensaje de Daryl.
—Normalmente ya me habría escrito desde temprano —murmuró Lilian, sentada en el sofá