La mañana finalmente llegó.
En un aparcamiento solitario a las afueras de la ciudad, un coche negro se detuvo.
Dentro, Alicia estaba sentada mirando la pantalla de su teléfono. Su rostro se veía tranquilo, pero sus ojos brillaban con frialdad.
Abrió la lista de contactos y pulsó un nombre.
No tardó mucho en escuchar la voz de Carlos al otro lado de la línea.
—¿Hola?
Alicia sonrió con un leve gesto.
—Una mañana tranquila, ¿verdad?
Carlos soltó un resoplido.
—Si llamas solo para hablar de banalid