—¡No, no quiero ir a ningún hospital! —Margaret se negó con firmeza, pero Lucien no cedió; la tomó del brazo y la obligó a avanzar.
—No es cuestión de querer, mujer. Vas conmigo ahora mismo.
—¡Que no! —replicó ella, forcejeando. Pero él no la soltó. Casi arrastrada, terminó frente a su auto. Lucien abrió la puerta sin contemplaciones y la hizo subir.
Durante el trayecto, Margaret se limitó a mirar por la ventana, aferrándose al silencio como a un refugio. No pensaba regalarle una sola palabra.