Margaret sintió cómo la sangre le hervía con las palabras desafiantes de Antonio. La forma despreocupada en que había pronunciado que no se arrepentía de nada no solo era una provocación, era una declaración abierta de dominio. Durante un segundo, el impulso de responderle con la misma violencia que él insinuaba le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica.
Pero volvió a hacer lo que mejor sabía hacer.
Respirar.
Tomó aire con lentitud, lo sostuvo apenas un instante y luego lo dejó escapar