—Por supuesto mi querida Margaret, te escucho. —Antonio cruzó una pierna sobre la otra y la miró fijamente.
—Bien, si es así… entonces quiero ser directa.
La voz de Margaret no tembló, tenía la intención de acabar con ese problema de raíz.
Antes de que Antonio respondiera, Lorain se adelantó con dos copas en la mano. Caminó despacio, con ese contoneo calculado que no buscaba seducir sino provocar. Le entregó una a Antonio y, cuando él la sostuvo, extendió la otra hacia Margaret.
Antonio tomó l