Para Margaret, los días siguientes transcurrieron en una calma extraña, como si todo se hubiera detenido. De Lucien no volvió a tener noticias, pero había algo de lo que no podía escapar, la responsabilidad que su madre le había puesto sobre los hombros.
Aquella mañana, la mujer llegó en su coche para recogerla, decidida a acompañarla.
—No debiste venir, madre. Estás muy pálida, yo podía ir sola.
—De ninguna manera, Margaret. No iba a dejarte enfrentar esto sola, menos ahora. Me alegra que h