Margaret revisaba por tercera vez los documentos sobre su escritorio. Las pérdidas provocadas por los ataques habían dejado una grieta evidente en la economía de la nueva sede de Gold, y aunque las cifras aún no eran catastróficas, sí eran lo suficientemente significativas como para incomodarla.
No era el dinero lo que la inquietaba.
Era el mensaje, lo que aquel provocaba en ella.
Lucien la observaba desde la silla frente a su escritorio. Sostenía un bolígrafo entre los dedos, haciéndolo girar