8. Entre desdichados nos reconocemos
Álvaro Duarte.
El aire caliente de la tarde mecía los pastizales, agitando la polvareda a su paso mientras cabalgaba con determinación por el camino de tierra. Sentía la presión en el pecho, la inquietud anidada en mi estómago desde el momento en que descubrí lo que Catalina Ramos pretendía hacer.
No podía sacarme de la cabeza su mirada divertida ni la seguridad con la que me habló en el río. Y ahora, después de un día de trabajo en el rancho, había tomado la decisión de enfrentarla.
"El Genera