7. La mujer del río
Álvaro Duarte
Cabalgar por el pastizal al atardecer se había convertido en mi refugio, un escape silencioso que me ayudaba a despejar la mente. El viento fresco golpeaba mi rostro, arrastrando consigo el aroma de la tierra húmeda y el susurro de los árboles al mecerse con la brisa.
Aprendí a cabalgar rápido. Bastó con intentarlo un par de veces para sentir la conexión con mi caballo. No era mío, ni siquiera tenía nombre, pero eso no me importaba. Yo lo llamaba El General. Me gustaba la imponenc