12. La amante
Emilia Díaz
Apenas mi madre regresó a la habitación después de la partida de Esteban, la miré con el peso de todo mi resentimiento ardiendo en mis ojos.
—Nada de esto estaría pasando si no fuera por tu culpa, mamá —solté, sintiendo cómo la rabia me tensaba el cuerpo.
Ella esbozó una sonrisa sarcástica, como si mi reclamo fuera absurdo.
—¿Qué Esteban te tenga en un pedestal como una princesa? —bufó—. Gracias a él, hijita, tu hijo acaba de nacer en el mejor hospital del país. ¿No era eso lo que q