El salón privado de Vladimir estaba sumido en una oscuridad calculada, solo rota por las llamas danzantes de las velas negras que ardían con un perfume denso a incienso y opresión. Las paredes, adornadas con tapices que narraban las victorias pasadas de su linaje, parecían observarlo ahora con silencioso reproche.
Un sirviente tembloroso acababa de entregar el informe: Los Drekvir, los temibles guerreros del norte, habían jurado lealtad a Aisha. Y, por extensión, a Ragnar.
— ¿Cuántos? — pregunt