El Pabellón de Invierno olía a jazmín seco y recuerdos. Ragnar, ahora con el manto de emperador colgando de sus hombros como una losa, entró sin hacer ruido. Las doncellas habían dejado todo igual: el espejo de jade con sus constelaciones bordadas, los cojines de seda azul donde Aisha solía recostarse a leer pergaminos, el brasero frío que alguna vez calentó sus noches de conversaciones susurradas.
Era una noche de eclipse. El mismo cielo rojo y herido de años atrás, pero ahora sin gritos de ba