Los jardines imperiales olían a crisantemos y tierra mojada. Aisha caminaba con paso lento, dejando que la brisa jugara con los pliegues de su túnica color jade. Mei, su doncella más leal, seguía a tres pasos de distancia, cargando un parasol de seda, aunque el sol se escondía tras las nubes. Detrás, Lián y la nueva doncella, una muchacha de rostro redondo llamada Xiu, recogían flores en un cesto de mimbre.
— No deberías morderte tanto el labio —Rocío señaló con su abanico cerrado — vas a hace