La luna había alcanzado su cenit cuando Ragnar entró en el Pabellón de Invierno. La puerta cedió sin ruido, como si hasta la madera se inclinara ante la gravedad de su presencia. Aisha estaba sentada en el borde de la cama, envuelta en una bata de seda azul oscuro que parecía devorar la escasa luz de las lámparas. Sus dedos acariciaban distraídamente el brazalete de hierro rúnico, aquel que él le había regalado como promesa.
Él se detuvo en el umbral, observándola. La curva de su espalda, el