Aisha despertó en un mar de fuego y gemidos. El aire, espeso por el humo de los braseros volcados y la sangre evaporada, le quemó los pulmones al primer intento de respirar. Las cadenas de runas que la suspendían sobre el campo de batalla ardían como serpientes de luz violeta, quemando su piel, pero incapaces de destruir las marcas lunares que ahora brillaban como cicatrices estelares. Abajo, el mundo era un tapiz de horror: cuerpos desmembrados, caballos agonizantes, y en el centro, Ragnar luc