El amanecer llegó vestido de rojo. El cielo, pintado en tonos de óxido y púrpura, parecía una herida abierta. En el Pabellón de Invierno, Aisha ajustaba los últimos detalles del atuendo ceremonial de Ragnar: una armadura de placas negras grabadas con runas lunares, tan pesada como el destino que cargaba.
— No dejes que te toquen las sombras — murmuró ella, atando una cinta de seda azul alrededor de su muñeca izquierda — el eclipse manipula las energías, incluso las tuyas.
Ragnar no respondió de