El aire en las criptas sagradas era denso, cargado de vapores sulfúricos que quemaban la garganta. Ragnar yacía sumergido hasta los hombros en las aguas termales, sus brazos encadenados a los bordes de piedra tallada con runas de supresión. El agua, antes cristalina, estaba teñida de rojo oscuro por la sangre que aún brotaba de las marcas de hierro candente en su espalda.
El Sumo Sacerdote, un hombre esquelético vestido con túnicas negras bordadas en oro, recitaba cánticos en una lengua muerta