El rumor se había convertido en tormenta.
Las calles del Imperio, antes llenas de reverencias hacia la Sanadora, ahora ardían con gritos de traición. "¡Impostora!" "¡Maldita!" "¡Su sangre nos enferma!" Las cosechas marchitas, los pozos secos, la fiebre escarlata que mataba a los niños, todo era culpa de Aisha. Y el pueblo, hambriento y asustado, necesitaba un sacrificio.
Esa noche, una multitud se agolpó frente a las puertas del palacio, antorchas en mano, rostros distorsionados por el odio y e