El Pabellón de Invierno brillaba bajo la luz de cientos de linternas rojas, sus paredes de madera oscura adornadas con sedas carmesí y dorados que centelleaban como fuego. El aire olía a incienso de sándalo y a la dulzura de las frutas frescas dispuestas en bandejas de laca, pero Aisha, sentada en el centro de la habitación, solo podía pensar en una cosa:
«¿Por qué demonios hay tantas linternas rojas?»
Lián y Mei trabajaban con una urgencia casi frenética, sus manos ágiles trenzando el cabello