La tarde se filtraba por los ventanales del estudio del octavo príncipe, tiñendo los pergaminos desplegados sobre la mesa de un cálido tono dorado. Ragnar, sin embargo, no prestaba atención a los informes militares ni a los mapas de las fronteras del sur. Entre sus dedos, una pequeña pieza de plata brillaba bajo la luz del sol, aún sin terminar, pero ya prometiendo su destino: un brazalete, delicadamente tallado con runas lunares y el perfil de un lobo aullando, destinado a ceñir la muñeca de u