El Pabellón de Invierno respiraba quietud aquella mañana. El aire, impregnado del aroma dulce de los ciruelos en flor que se filtraba por las celosías, se mezclaba con el humo tenue del incienso de sándalo. Aisha permanecía sentada frente al espejo de bronce, sus ojos azules fijos en el reflejo que le devolvía la imagen de una mujer que aún no terminaba de reconocerse.
Lián y Mei, sus fieles sirvientas, trabajaban en silencio. Lián trenzaba con destreza el cabello oscuro de Aisha, entrelazando