Capítulo 10: El susurro de las esquirlas.
El mundo de Aisha se había hecho añicos como un espejo de jade arrojado contra los escalones del palacio. Cada fragmento reflejaba una pesadilla distinta: sangre azul, susurros de dioses y una mujer de cabello plateado que la observaba desde el abismo.
La fiebre le serpenteaba por las venas, convirtiendo su piel en pergamino al rojo vivo. Entre los delirios, oyó la voz de Nyrith. No el dios de los pórticos sagrados, sino el hombre: un agricultor de manos callosas y sonrisa cálida, arrodillado,