El sol ya se había escondido cuando el auto negro cruzó los portones grandes de la mansión Lancaster. Misma que entre sombras y luces cálidas, parecía más silenciosa de lo habitual. Una calma de esas que anuncian el cambio.
Rupert aparcó frente a la entrada principal. Antes de que Lena pudiera moverse, Kerem alzó el mentón y habló con voz baja y autoritaria.
—Lleva las bolsas a la habitación de Lena —Ropert asintió.
—No, no es necesario. Yo puedo con ellas —intervino ella, de inmediato.