Marla caminaba despacio, con pasos arrastrados, como si cada uno pesara más que el anterior. El sol de Londres apenas se asomaba entre las nubes, tibio y débil, pero aun así era lo más cercano a libertad que podía sentir. Salir al patio era una rutina diaria que se había convertido en castigo, en un malditø calvario. A su alrededor, las demás presas la observaban de reojo, y algunas ni siquiera eso. No le dirigían palabra. No era por su aspecto en realidad, aunque lucía terrible. Era porque su