Cuando llegó a su habitación, Kerem cerró la puerta tras de sí con un chasquido seco. La habitación, amplia y silenciosa, lo recibió con la misma familiaridad gélida de cada noche. No encendió la lámpara. Permaneció a oscuras de la misma forma que permanecía su vista cada día. El camino hasta el perchero, la cómoda y la cama era parte de su memoria muscular. Lo conocía como se conoce una cicatriz.
Se desabotonó la camisa con movimientos lentos, dejando al descubierto el torso firme, marcado po