Lena se agachó con cuidado, sosteniéndose el vientre con una mano mientras la otra retiraba con delicadeza una hoja seca del tallo de una de sus flores. La enorme panza apenas le permitía inclinarse, pero no podía evitar querer cuidar cada pétalo, cada color.
Lucia estaba sentada unos metros más allá, acariciando a Sombra, que ya era una zorra adulta y tranquila. Su pelaje rojizo brillaba con la luz del mediodía. La niña, ahora catorce años, tenía los rasgos más definidos, la mirada más madura