El corazón de Kerem ardía como un hierro al rojo vivo con la sola idea de lo que habría ocurrido si no hubiera llegado a tiempo.
La imagen de su madre levantando la mano contra Lena lo hacía tensar la mandíbula, y aunque sus ojos ciegos no podían ver nada, mantenía el mentón erguido con la misma firmeza con la que había gobernado cada rincón de su vida.
—¿Cómo puedes defender a esta mugrosa antes que a tu madre? —la voz de Celeste sonó herida, victimizada, como si fuese la mujer más lastim