Los ojos de Celeste chispeaban con furia, y la voz le salió desgarrada, tan envenenada como un alarido:
—¡Cómo te atreves, maldita huérfana! —gritó sobándose la cara.
El insulto resonó en las paredes, se incrustó en los huesos de Lena, pero no la quebró. Esta vez no. La rabia le encendió las venas, el pecho le ardió, y sus labios temblaron antes de soltar cada palabra con firmeza:
—Lucia tiene quien la defienda. Y le guste o no, ahora está bajo la tutela de Kerem —expuso con orgullo.
Celeste la