La nieve en las cumbres de los Pirineos no era blanca; bajo la luz de la luna, parecía plata líquida derramada sobre el mundo. Larissa, envuelta en las pieles que Nathan le había dejado en la cabaña, caminaba por el borde del bosque. Sus pulmones, marcados por meses de aire viciado y antiséptico, finalmente estaban bebiendo la pureza del invierno.
Pero no estaba sola. Nunca lo estuvo del todo, ese maldito Alfa siempre estaba enredado en su vida
Un aullido, bajo, profundo y cargado de una nota d